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La Messi del Líbano

Safa Kourhani ha superado infinidad de dificultades para jugar al fútbol en un país que discrimina a las mujeres

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Safa Kourhani

Las compañeras y el entrenador la comparan con Messi, pero eso es solo porque el estereotipo cultural del poder es masculino; incluso cuando se refiere a una mujer. En el Líbano, Safa Kourhani jugó los primeros años con un par de zapatillas viejas y suelas deshojadas que solo pudo reemplazar a los pocos meses de entrar a la universidad, cuando compró unos botines profesionales; y mucho tiempo después se cubrió el pelo crespo con la hijab en un acto de protesta por la islamofobia que se esparcía por el mundo. Su padre fue general del Ejército durante la guerra contra Israel y ha sido el único en aceptar que juegue incluso entre hombres, porque todo lo contrario a lo que podría esperarse, son las mujeres de la casa quienes le dejan de hablar cuando la ven entrenando. Pero Safa no se parece a Messi cuando juega, sino a Marta, la delantera que después de la ruina del fútbol masculino revivió el amor por la pelota en Brasil, según un reportaje que le ha dedicado La Nación.

En una casa de tres pisos y contra una de las barandas está Safa. Al lado de ella y con la cara repetida, la madre. Ambas mueven desde lejos la mano, y el saludo se queda detenido, pero me llega a pesar del muro de polvo que dejan los carros.

Safa juega al fútbol, toca el piano y practica boxeo: verla con la hijab reta los estereotipos construidos en este lado del mundo sobre las mujeres musulmanas, a pesar de que vivimos en una sociedad que nos impone otro tipo de burkas, como la delgadez, los tacones o las tetas de silicona. A la oficina va todos los días a trabajar con una chaqueta de traje y una bufanda en la cabeza, que le combina, como hoy, con un suéter color vino tinto y una hijab de flores en el mismo tono. Me dice que escogió cubrirse el pelo y que no fue una decisión impuesta, sino una forma de rebelión y de lucha. En efecto, todo lo contrario a lo que uno podría esperar, su generación ha hecho una relectura de la hijab y la ha vuelto un portaestándar de un signo religioso, más parecido a un instrumento de comunicación.

Antes de salir, le pido que nos juntemos para su entrenamiento después del trabajo y nos encontramos en la cancha central del pueblo, que, en realidad, es un terreno pelado que se diluye vagamente entre la maleza y que sigue hasta la venta ambulante de nueces y láminas tostadas de pan. Un pelirrojo que parece ser el capitán del partido se hace sombra con la mano como tratando de despejar el calor que se amotina en los ojos. Cuando reconoce que se trata de una mujer la que entra en la cancha, deja que el balón caiga al suelo y recoge el partido. Luego se marchan.

El Líbano dejó de producir energía desde el final de la guerra civil en 1991, cuando toda su infraestructura quedó en ruinas, y Safa se acostumbró a espiar a sus primos mientras entrenaban en la oscuridad del antejardín. Aquí, solo hay ocho horas diarias de luz, pero entonces los cortes empezaron a extenderse casi por completo. Un otoño, sus primos estuvieron a punto de abandonar los entrenamientos por la poca visibilidad que les quedaba al volver de la escuela, pero una tarde, Safa sacó el tablón de madera con las velas y las lámparas de querosén que usaba para alumbrar las tareas cuando no había luz. Sus primos pudieron jugar al fútbol de nuevo y ella les hizo prometer que la dejarían practicar con ellos mientras nadie los viera. Por eso, pudo empezar a entrenar cuando las demás niñas del pueblo tenían prohibida la calle: gracias a la clandestina oscuridad de los cortes de luz que había dejado la guerra.

Años después de empezar a entrenar en la noche, Safa jugó por fin de día y frente a los vecinos sin la limitada visibilidad de las lámparas de querosén y sin tener que arrancarles el balón a las sombras entre el parpadear de las velas. Sus primos habían concertado un partido contra el pueblo cristiano de Jounieh, compuesto, en su mayoría, por jugadores de la segunda división de la liga. Como en Berkayel las mujeres no son admitidas en la mezquita y mucho menos pueden hacer deporte, Safa apareció disfrazada con una gorra de los Bulls de Chicago y con una sudadera gris. Desde la tribuna los asistentes saludaron a Ahmed a Alí y a Omar, desconfiados de la identidad del jugador de la gorra que llevaba una sudadera a pesar del bochorno. Berkayel es un pueblo pacífico, pero su cercanía con Siria y lo estratégico de su localización geográfica genera entre la gente un constante sentido de la paranoia, que se intensifica con la presencia de extraños. Safa estuvo calentando en una esquina lejos de la tribuna, de espaldas a la gente y sin moverse, hasta que tuvo la certeza de que el partido comenzaba. Supo que la función más importante de la sudadera no era alejar de la vista de los hombres la piel de sus piernas, sino ocultarle el temblor.

Aunque fuera de barrio, el partido resumía el complicado estatuto de la política del país, que siempre termina enfrentando a musulmanes y cristianos. Safa salió a la cancha segura de que mientras los vecinos se mantuvieran entretenidos en el partido, pronto se olvidarían de ella. En todo caso, no era la primera vez que las distracciones de la guerra le servían de excusa para jugar al fútbol.

Marcó los tres goles del partido: el primero, con un remate solitario frente al arco; el segundo, con un puntazo desde la raya final en un ángulo prácticamente imposible; y el tercero, con un caño del que el arquero apenas si pudo enterarse por la velocidad que llevaba la pelota. Al final, mientras celebraban tomándose el jugo de piña Bon Juice en que consistía el trofeo, Safa se sacó la gorra y dejó escurrir sobre los hombros el frondoso pelo crespo, segura de que marcar los tres goles podía valerle el perdón de ser mujer. Pero la tribuna se llenó de un silencio unánime y solo la abuela, herida con el descubrimiento, le gritó: "Ojalá te hierva la sangre".

En los días siguientes al partido nadie en el pueblo volvió a hablarle. Ni los empleados del mercado, ni los de la droguería, ni la mujer que vendía el pan por las mañanas.

Desde Trípoli, Hassan Ahmad, el técnico de fútbol de la Universidad del Líbano, fichó a Safa para iniciar un equipo femenino, aún cuando la universidad no tenía liga de mujeres. Nadie en la tribuna supo que había visto el partido buscando jugadores para reclutar. Tampoco él imaginó que el goleador resultaría una mujer y que allí se le ocurriría iniciar un equipo de chicas por primera vez en la historia de la universidad. A Safa le ofrecieron una beca de estudios, no solamente por su talento como futbolista, sino para mitigar el impacto familiar de tener una hija dedicada al deporte. Su primer trabajo de capitana fue convencer a otras estudiantes de que se unieran, y ayudarlas a enfrentar la misma resistencia familiar que ella había superado en su casa. El equipo entrenó todo un semestre sin participar en ningún campeonato y luego, al tiempo que Safa estrenaba hijab y botines nuevos, empezaron a competir.

Solo durante el primer año ganaron el campeonato y Safa se volvió la Messi de Akkar, por encima, incluso, del resto de los jugadores hombres, incluidos sus primos.

 

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