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Patricia Campos, la ex-militar que trata de salvar a mujeres en Uganda a través del fútbol

Empezó haciendo pelotas con bolsas de plástico enrolladas

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Patricia, en una imagen tomada en Uganda

La misión de Patricia Campos Doménech en Uganda nació de una pelota modelada sobre decenas de bolsas de plástico minuciosamente enrolladas. La alternativa en uno de los países más pobres y menos desarrollados del mundo es fabricarla con fibra de banana, hasta conseguir una forma más o menos redondeada, para hacerla rodar sobre polvo o piedras, a menudo en la montaña.

Lejos del aire -su medio habitual cuando ejerció de piloto de reactor en La Armada- y asimismo alejada del césped -el terreno que habitó durante su periplo estadounidense como entrenadora de fútbol-, la castellonense encontró en Uganda la posibilidad de cumplir el viejo anhelo de ejercer como voluntaria en un país en el que las "necesidades básicas no están cubiertas".

"Feminista inconsciente casi desde el momento de nacer", Patricia Campos Doménech descubrió en febrero de 2015 algo que intuía: "Allí a las mujeres se las viola, se les practica la ablación, se las prostituye por un trozo de pescado, se las vende como esclavas domésticas y se les prohíbe la educación o hacer deporte". "Son ciudadanos de cuarta categoría", lamenta.

Su primera propuesta contra la desigualdad fue el fútbol, una disciplina que ella ha practicado "siempre". "Si me dijeran que les enseñase a coser o a fregar no podría porque no sé. Por el fútbol sí puedo transmitirles la pasión que yo siento", expone.

Le resultó, no obstante, "sumamente difícil derribar la barrera de la desconfianza" para poder formar los tres equipos (de niños, de niñas y de mujeres infectadas por el virus del sida) con los que desafía la tradición más machista.

"Al principio pensaban que iba allí a regalarles cuatro camisetas y cuatro balones y que no iba a volver. Se preguntaban incluso si iba a robarles a sus niños o a meterles ideas occidentales, pero después vieron que iba a aportarles algo en positivo. La última vez les llevamos gafas y en la escuela reciben clases de español. Aún así, había gente que venía a mirarnos con sospechas de algo y con cierta incredulidad", relata.

Esa pequeña escuela es la puerta a la educación para decenas de niñas y de niños. Para las mujeres, por su parte, el fútbol es la vía de escape de su marginación.

"Tener sida es lo peor que te puede pasar y si encima eres mujer te conviertes en la apestada de la sociedad", denuncia.

"Yo poco a poco me he ido metiendo allí y a través del fútbol escucho lo que les pasa y hablo con ellas. Veo que un simple gol las hace felices y disfruto con eso, porque veo que las empodera, las hace organizarse, comunicarse y respetar unas reglas. Se sienten importantes y creo que eso les beneficia en su día a día porque después lo transmiten en su sociedad", asegura.

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Patricia, rodeada por un grupo de mujeres a las que ayuda en Uganda

Así, en un entorno de "pobreza extrema, de muerte y de miseria", la misma mujer blanca que a su llegada les hizo tener sospechas ahora es motor de la ilusión por un futuro mejor.

"Las más pequeñas quieren ser pilotos, futbolistas o profesoras de español. Eso es lo que más me llena de satisfacción porque me hace pensar que he aportado algo", celebra Patricia Campos Doménech.

El próximo gran reto de 'Goals for freedom', la ONG que ahora abraza el proyecto personal de la castellonense, es "intentar montar una escuela para que todas estas niñas y mujeres puedan educarse y salir de esa burbuja de miseria".

Sin embargo, tras haber sido víctima de un robo y de un intento de secuestro, sus ilusiones también van acompañadas de "miedo".

Eso le obliga a protegerse -"debo fingir ser heterosexual, porque en Uganda a las lesbianas se les practican violaciones colectivas y a los hombres homosexuales se les quema en una hoguera", cuenta-, mientras desea "tener una varita mágica para cambiarlo todo".

"Las jugadoras que tienen sida, con edades comprendidas entre los 16 y los 70 años, no tienen para comer. Desayunan té, comen té y cenan té. Querría que no pasaran hambre y que tuviesen agua y ropa. Sé que lo que hacemos desgraciadamente no va a acabar con sus muertes, pero los momentos de felicidad que pasan esas mujeres, esas niñas y esos niños, nos van a acompañar para siempre. A ellos y a mí", reconoce.

Ese "egoísmo", cargado de solidaridad, le lleva a anunciar que su próxima estancia en Uganda será en julio. Le faltarán algunas sonrisas, porque en cada viaje llora algún fallecimiento, pero le llena saber que volverá a ver rostros que ya le son familiares.

"Dentro de unos años me gustaría saber que todas esas niñas fueron felices jugando conmigo. Espero que alguna pueda ir a la universidad, que haga deporte y que transmita esos conocimientos y valores a sus hijas", subraya antes de poner voz a un objetivo mucho más ambicioso.

"Me encantaría poder hacer en todos los continentes lo que estoy haciendo en Uganda. Ese sería mi trabajo ideal: tratar de empoderar a las mujeres y ayudarles a tener un futuro digno", afirma.

 

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