Forofas

La niña del gancho

El diario El Mundo le dedicó este reportaje a Encarnación Hernández, apodada "la niña del gancho", pionera del baloncesto femenino español:

Transcurrió una vida entera, más de 60 años, en el olvido de las existencias comunes, entregada a su familia, su casa y su propio mundo, mientras los ecos del bote del balón se alejaban poco a poco. Pero ella se resistía a olvidar el secreto que decoraba las paredes de su casa. Esas fotos en blanco y negro, esos trofeos en cajas de cartón, esos recortes de prensa que delatan la leyenda de esta anciana de 97 años, a la que un día llamaron 'La niña del gancho'.

A Encarnación Hernández (Lorca, 1917) se le agolpan los recuerdos, las ganas de contar su historia. Conmueve su torrente de vitalidad y gracia. Posa coqueta para la foto "a lo Greta Garbo" y desata pronto su guasa: "He sido muy fea, pero muy fotogénica". En lo que debía de ser un tranquilo epílogo le ha llegado el inesperado reconocimiento, todo un cúmulo de casualidades. De repente, le tocó desempolvar hazañas, arcano del baloncesto femenino español, pionera de las pioneras. Vestigio de cuando las canastas andaban en pañales, más aún para la mujer.

Ensanche de Barcelona, calle Entenza, 1931. Una niña morena puro nervio observa desde el balcón de la casa familiar ese deporte tan extraño llamado basket-ball, que James Naismith había inventado en Springfield, con un par de cestas de melocotones, apenas 40 años atrás. El que el padre Millán, que lo conoció de misionero en Cuba, andaba introduciendo en España. Y ella, que siempre fue "más libre que la duquesa de Alba", allá que se aventura.

"Mi padre tenía un hotel en Los Alcázares y un casino en Lorca. Pero hubo una temporada de sequía muy mala. Se traspasó aquello y nos vinimos a Barcelona", repasa sus inicios, ásperos de inmensa familia (18 hermanos) de inmigrantes, cuando en Cataluña corría aquel despectivo dicho de: "Murciano, ¡toca ferro!". Como en casi todas las historias, algo tuvo que ver el amor. "Los chiquitos del barrio [entre los que estaba su futuro marido, Jesús Planelles] alquilaron un terreno e hicieron un campito de baloncesto, muy primitivo, enfrente de mi casa", relata de aquellos tiempos de la República, de ese Atlas Clubiniciático que fundó, la primera piedra de una intensa carrera que sólo se detuvo, por voluntad propia, cuando decidió que era el momento de ser madre.

"Después pasamos a jugar al Layetano y al Cottet. Yo miraba a las chicas que habían llegado del Club Femenì de Esports, eran todas mayores que yo, entre ellas la esposa de Fernando Muscat (integrante de la selección española que en 1935 se llevó la plata en el Europeo de Suiza). Ganamos la Copa de Cataluña, que fue el primer campeonato que se hizo", sigue recordando de ese deporte que se jugaba con "una pelota dura, cuarteada, con nudos, tremenda", en la que se vestían "con unos shorts muy monos y camisetas de tirantes" y que, con la llegada de la dictadura, devinieron en trajes más aparatosos y tapados.

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Encarnación Hernández, con Amaya Valdemoro

Pero ni Franco la detuvo. Todo lo contrario. Jugó con el equipo de la Sección Femenina, antes de fichar por el Barcelona, en el que pasó sus nueve últimos años. Vivencias por toda España -cuenta que llegó a tener una oferta del SEU italiano- de una intrépida que, con un balón en las manos, intentaba a emular a esas heroínas que admiraba del ámbito social, como "aquellas benditas mujeres Victoria Kent, Clara Campoamor, Federica Montseny...".

También fue entrenadora -"la primera de España, puedo justificarlo"-, aunque en 1953, una década antes del primer partido internacional de la selección femenina, puso el punto y final. "Quedé en estado, porque quise eh, un hijo deseado. Antes tuve un aborto, me tiré por el trampolín de la piscina de Picornell sin saber que estaba embarazada", confiesa. Y el baloncesto quedo atrás en esta mujer que siempre se sintió moderna, de las primeras con carné de conducir en Barcelona. "Aunque nunca me han insultado en la cancha, sí en la carretera", comenta. Su hijo la obligó hace dos años a dejar el coche. Aficionada al súper ocho y la fotografía, al mar y los viajes, sólo echó de menos dos cosas en su vida, "la universidad y un nieto".

Su historia vuelve a la primera página, un documental que en unos meses verá la luz, el reconocimiento de la Federación Española, de las jugadoras actuales, entusiasmadas con su legado, como Amaya Valdemoro, con la que hasta se manda vídeos, o Elisa Aguilar y Laia Palau. Todas la han visitado en su casa (sigue viviendo sola) y se han plegado ante su ejemplo y su sonrisa, su frescura y su discurso, que sorprende por lo actual. "Me llamaban la niña del gancho porque era mi especialidad. [Repite el movimiento]. Para hacerlo así hay que tener elegancia y gusto. Yo poseía inventiva. Lo importante es ser ágil y tener reflejos", relata, alucinada con el baloncesto de hoy, del que se permite criticar su rigidez táctica, del que sigue leyendo a diario en el periódico, recortando y plastificando cada artículo con mujer protagonista. "Todo esto me hace sentir joven. Eso que dicen las jugadoras de ahora, que me deben mucho... Soy feliz cuando me vienen a ver. Parece que nos conocemos de toda la vida. He encontrado una familia nueva, son como mis hijas", confiesa la increíble abuela del baloncesto español.

 

 

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